A PROPÓSITO DEL 9 DE JULIO

LAS OLVIDADAS PALABRAS DE FRAY MAMERTO ESQUIÚ

POR JORGE HORACIO GENTILE

La Declaración de la independencia y la jura de la Constitución han quedado inseparablemente unidas, como actos fundacionales de la República, como dijo Fray Mamerto Esquiú, en su sermón de la Catedral de Catamarca el 9 de julio de 1853, el día en que se juró nuestra Ley Fundamental.

Con ello concluían 37 desdichados años de anarquía y desencuentros y era la oportunidad para reflexionar acerca de los fundamentos de la sociedad política que se organizaba, y es lo que hizo en su homilíada este fraile de sólo 27 años de edad, a pesar que la Iglesia no estaba de acuerdo con la Constitución cuando establecía el patronato, por el que las autoridades civiles participaban en la designación de obispos, o que el Congreso debía admitir a las nuevasordenes religiosas. Algunos querían, además, que la Constitución hubiera declarado religión del estado a la católica, lo que fuertes debates en la Convención de Santa Fe.

El acta del 9 de julio de 1816 y la Constitución invocan a Dios, que es, para el franciscano nacido hace 175 años en Piedra Blanca, Catamarca,, la: "(...)mano que contiene el principio y el fin, que encierra el uno y el otro abismo, por un modo admirable lucen en ella (el conjunto de naciones) la inmensidad de Dios, su Providencia, su Justicia, su Soberanía infinita. Dios se mece sobre los hombres, como el sol centellea sobre los planetas. ¡Por esto es sublime la sociedad! ¡Por esto es grande! ¡Por eso se exalta, palpita nuestro corazón cuando sentimos la vida de las naciones!. Por esto la Religión y la Patria tienen idénticos intereses, nacen de un mismo principio, caminan cada una por vías peculiares a un mismo fin(...)".

EL DIA MAS GRANDE Y CÉLEBRE

Saluda al día más importante de nuestra historia, aunque ello no se refleje hoy en nuestra ingrata desmemoria colectiva, al decir: "Argentinos! Es por esto, que al encontraros en la solemne situación de un pueblo que se incorpora, que se pone de pie, para entrar dignamente en el gran cuadro de las naciones, la Religión os felicita, y como ministro suyo os vengo a saludar en el día más grande y célebre con el doble grandor de lo pasado y de lo presente, en el día en que se reúne la majestad del tiempo con el halago de las esperanzas(...)".

Exalta la dignidad de la persona y los derechos humanos, al recordar: "¡Que la patria reclame sus propiedades usurpadas, que levante del polvo su sien augusta, que posea su gobierno, sus leyes, su nacionalidad! esto es santo, esto es sublime: y la independencia y la libertad de un conquistador que oprimiera estos eternos e incuestionables derechos, son justas; la Religión las ha proclamado, las ha ungido con el óleo sagrado de su palabra, y ha entonado himnos después de los triunfos de la patria!" "¡Que el individuo, el ciudadano no sea absorbido por la sociedad, que ante ella se presente vestido de su dignidad y derechos personales; que éstos queden libres de la sumisión a cualquier autoridad!

Los dos documento se complementan según estas palabras: "La libertad sola, la independencia pura no ofrecían más que choque, disolución, nada; pero cuando los pueblos, pasado el vértigo consiguiente a una transformación inmensa, sosegada la efervescencia de mil intereses encontrados y excitados por un hombre de la providencia, se aúnan y levantan sobre su cabeza el libro de la Ley, y vienen todos trayendo el don de sus fuerzas, e inmolando una parte de sus libertades individuales, entonces existe una creación magnífica que rebosa vida, fuerza, gloria y prosperidad: entonces la vista se espacia hasta las profundidades de un lejano porvenir."

Tal es el valor de la acta de nuestros padres reunidos en Tucumán, y de su complemento, la Constitución hoy promulgada y jurada. 

Recuerda, quién sería luego obispo de Córdoba, que: "el inmenso don de la Constitución hecho a nosotros no sería más que el guante tirado a la arena, si no hay en lo sucesivo inmovilidad y sumisión; inmovilidad por parte de ella y sumisión por parte de nosotros." 

EL ANCLA PESADÍSIMA

La vida y conservación del pueblo argentino dependen de que su Constitución sea fija; que no ceda al empuje de los hombres; que sea una ancla pesadísima a que esté asida esta nave, que ha tropezado en todos los escollos, que se ha estrellado en todas las costas, y que todos los vientos y todas las corrientes la han lanzado. Los 23 años, 3 meses y 18 días perdidos con gobiernos de facto en el siglo XX son una consecuencia de olvidar esto. 

Afirma además que:"...el derecho público de la sociedad moderna fija en el pueblo la soberanía: pero la Religión me enseña, que es la soberanía de intereses, no la soberanía de autoridad; por éste o por aquel otro medio toda la autoridad viene de Dios(...)", ya que ningún hombre la tiene sobre otro, ni ni puede disponer ni limitar los derechos a su libertad, su vida o su trabajo, como lo hace la del estado, aunque quien la ejerza, en su nombre, sea elegido por el pueblo. Es deber de los representantes y magistrados legislar, gobernar e impartir justicia, como si fueran ministros de Dios y de acuerdo a los intereses del pueblo.

Exhorta, finalmente, a acatar a la Constitución al decir: "Obedeced , señores, sin sumisión no hay ley, sin leyes no hay patria, no hay verdadera libertad: existen sólo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra y males de que Dios libre eternamente a la República Argentina(...)"

Cuanta actualidad tiene esto hoy, que padecemos una crisis más política que económica, donde lo cuestionado y desconfiado es el ejercicio o la falta de ejercicio de la autoridad, donde las leyes no son obedecidas y los poderes son delegados

Córdoba, mayo de 2001.